Mucha gente pregunta hoy: ¿dónde está Dios?

Dios está exactamente donde nosotros lo hemos puesto: fuera de nuestras vidas.


Nuestro mundo se aleja de Dios. Dado que el hombre está hecho para Dios, y ésa es su felicidad y su centro de gravedad, será feliz y descansará cuando se una a Él, como decía San Agustín. En cambio, el cortar esa tendencia, alejarlo de Dios, causa numerosos estragos. Primero en cada individuo y después en la sociedad que formamos entre todos.

“Si suprimimos lo sobrenatural, lo que nos queda (del ser humano) es lo antinatural”, decía Chesterton.

La falta de fe produce numerosos ESTRAGOS en nuestro mundo.


- Querer sacudirse y eliminar a los débiles, a los que no ‘rentan’.

- No captar el sentido del sufrimiento.

- Pensar que solo contamos con la vida presente.

- Ambiciones, que provocan guerras y corrupción, enormes injusticias con los débiles.

- Degradación mora

- Suicidios, sinsentido, incluso en la juventud, que es la edad de los ideales. Crecen sin ilusión y sin sentido.


Quedan solo aberraciones del ser humano. Estamos hechos para Dios, si no, nuestro ser queda desnaturalizado: ni siquiera podemos vivir como seres humanos. Quedamos peor que los mismos animales.


Dios está siempre a nuestro alcance. Somos nosotros los que nos alejamos.

¿Sobre qué cimiento construimos?

Construir el mundo sin Dios, es querer construir sobre arena. Todo se derribará cuando vengan las dificultades, simbolizadas en los vientos, en el desbordarse de los ríos… Hay que construir sobre la Roca, que es la Fe.


Construir sobre Dios, cumplir sus mandamientos a nivel individual, familiar y también social. Dios existe de verdad, es lo verdaderamente Real. Nuestros planes tienen fecha de caducidad, pero quien se apoya en Dios permanece para siempre.


El lamento de Jesús por el rechazo de los hombres, por la falta de sentido sobrenatural:

La perícopa de los porquerizos de Gerasa es lumínica. Tras haber visto las grandezas de Dios, de su Misericordia, al liberar al pobre hombre endemoniado… le rogaron que se alejase de su comarca. Y Jesús montó en la barca y se fue (Mc 5, 1-20; Lc 8, 26-50).


Nos puede pasar esto, que valoramos más el beneficio o pérdida económica, lo material, que lo espiritual. Más vale la salud del cuerpo que la del alma… Y rogamos a Dios que no nos moleste. Como sucede, que el materialismo sofoca la fe, hace olvidar los beneficios de Dios (Dt 8, 11-20).


Sin embargo, Dios deja una ventana de esperanza si se le cierra la puerta. Él desea más que nadie nuestra felicidad. Jesús siempre encarga a algún hombre curado que dé testimonio ante las personas de buena voluntad de esa comarca.


Fe, espíritu sobrenatural, obras de misericordia. Es lo único que nos puede sostener ante la avalancha de mundanismo, de apostasía, en que hasta los mismos creyentes nos sentimos tentados a dudar de la validez de los principios cristianos que hasta ahora nos han sustentado. Y esto es porque ya todos dicen otras cosas, “por el rebosar de la iniquidad en muchos”.


No estoy solo

Es el testimonio de un hombre de fe, Santo Tomás Moro, que en el siglo XVI se jugaba el puesto y la vida por mantenerse fiel a las enseñanzas de la Iglesia Católica, en la Inglaterra de Enrique VIII. Para convencerlo de que debía aceptar el hecho del divorcio del rey, su nuevo matrimonio con la dama Ana Bolena, y su supremacía en el ámbito espiritual, le decían que se había quedado solo, que todos los nobles y los eclesiásticos del reino habían aceptado el mandato del monarca. Pero él estaba firme, seguro en su fe: “No estoy solo. Toda la Iglesia de Dios está conmigo”.



Este santo sabía que, aunque el reino había puesto fuera a Dios, a la verdadera Iglesia, Dios es siempre mayor que todo lo terreno-temporal. No hay que ladearlo cuando las conveniencias nos tienten a prescindir de Él, aunque sea un poquito. Pues después la brecha se va agrandando, la pendiente se empina cada vez más y nunca sabemos dónde se acaba.


Santo Tomás Moro se sabe amparado por Dios, por Jesucristo, por todo su cuerpo místico, la Iglesia Triunfante, Purgante y Militante. Y que la Verdad que es Dios y su Ley eterna no cambian.


Así nosotros tenemos una multitud de testigos que nos acompañan, en el cielo y en la tierra, para que no cedamos a la tentación de echarnos atrás y contemporizar con las invitaciones de los ‘errores de Rusia’: aborto, divorcio, riqueza fácil, ideologías, globalización. No estamos solos.


Y una gran promesa: Al fin mi Inmaculado Corazón triunfará.




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